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Ene
19

EN PRIMERA PERSONA: LA LABOR DEL BANCO DE PELUCAS DE LA FUNDACIÓN ANGELA NAVARRO.

Desde la Fundación Ángela Navarro estamos muy orgullosos de poder ayudar a personas con necesidades especiales de imagen por una enfermedad o su tratamiento. Nos volcamos en cada caso porque vivimos día a día la importancia que tiene para una mujer perder su cabello por el efecto de la quimioterapia, los miedos que afloran, la angustia… Por eso es tan importante aportar soluciones para ayudar a mantener una autoestima alta que permita enfrentarse al tratamiento con todas las fuerzas posibles.

Nuestro banco de pelucas donadas se nutre de la generosidad de muchas personas que, al haber vivido en primera persona la necesidad de llevar una peluca por culpa de una enfermedad como el cáncer, nos la entregan cuando ya no la necesitan para que pueda servir a personas con pocos recursos económicos. Nosotros nos encargamos de re-acondicionarlas de la mejor manera posible para que puedan tener un valioso y útil segundo.

Andrea es una luchadora de 18 años, guapa, muy guapa; con una sonrisa que ilumina allá por donde va, inteligente… me faltan las palabras. Venció al cáncer tras 3 años de partido en los que ella y su familia nos han dejado acompañarla. El día que vino con Carmen, su madre, para donar su peluca fue un día muy emocionante para todos.

Ana se puso en contacto con nosotros el día de Reyes. Tras analizar su caso, nos envió unas fotografías para ver como era su imagen y la peluca de Andrea le encajaba perfectamente. Vino a vernos. Estuvimos hablando con ella y haciendo pruebas para que la peluca estuviera preparada cuando la necesitase y una semana después volvió porque ya notaba la caída de su cabello.

Le pedimos a Ana que nos contase lo que había significado para ella, como le afectaban los cambios en su imagen durante el proceso y nos ha dejado este testimonio que pretende ayudar a muchas mujeres que estén pasando por lo mismo.

Muchas gracias a Andrea y a Ana por su generosidad.

 

Comienzo mi historia contando quien soy, mi nombre es Ana, tengo 44 años, alta, rubia… me considero simpática, divertida y amable, pero sobre todo, soy profe, madre, esposa, hija, hermana y amiga.

En esta definición, se verán reflejadas muchas mujeres, pero hay algo diferente en mi desde hace 3 meses. Esta diferencia aparece el momento en el que un médico me dice que tengo un tumor en el útero y a partir de ese instante se suceden 4 intervenciones y complicaciones hasta el punto de ver que has perdido el control de tu vida porque ahora lo dominan los dolores, las entradas y salidas del hospital y un amargo sabor de abandono en el cuidado de tu hijo que no te da descansó a la cabeza ni al corazón.

Finalmente llega el momento de la visita a la oncóloga. Te mueres de miedo, su voz complaciente, pero tremendamente contundente te habla de tu tratamiento con quimioterapia que a continuación ha de aplicarse a tu delicado cuerpo, aún con puntos y al que las fuerzas le abandonaron hace tiempo.

De mi boca no sale ni una palabra, probablemente no quiero saber nada. Papeles y más papeles que firmar, autorizaciones, citas, tacs y ese miedo… finalmente sale la bomba “después de 10 días del primer ciclo, perderás el pelo”, y entonces te hundes, y la desolación te aploma y aguantas la congoja hasta que sales de la consulta y lloras amargamente.

A partir de ese momento, es algo que no puedes evitar compartir con todo el que hablas: “dirás que es una tontería, pero me duele muchísimo perder el pelo” y la respuesta general y llena de cariño es siempre la misma: “mujer, con lo que llevas pasado, esto es lo que menos importa”, o “no te preocupes, luego crece”… y nada de ello es mentira, pero no por ello resulta consolador.

No sólo me duele el verme yo calva, me duele que me vea mi hijo, mi marido y mis padres, que tanto han llorado en este proceso a sus 80 años.

Cuando por fin me armé de valor (o más bien la realidad, se hizo patente en la almohada y en mi cepillo) una amiga me habló de la Fundación Ángela Navarro y de como ellos podrían ayudarme con el posible préstamo de una peluca… así que no me lo pensé dos veces, les llamé y concerté una cita.

Ese día iba en el coche, estaba nerviosa, inquieta y preocupada, se hacía realidad mi temor más oscuro. Al llegar allí, la privacidad se hizo máxima y el cuidado, la delicadeza y la profesionalidad, se fundió en dos caras, que me ofrecieron lo mejor de lo que buscaba en una llana y sencilla realidad.

No voy a decir que salí de allí con total tranquilidad (sería mentir, además soy hija de peluquero y eso, digo yo que cuenta), pero sí puedo afirmar rotundamente que sí me dejaron preparada, como corredora en pista, para tomar coraje, aliento y salir corriendo para continuar la carrera de fondo, de la que a buen seguro saldré “más que vencedora”.

A la Fundación Ángela Navarro, simplemente un profundo gracias.

Un abrazo fuerte:

Ana María Muñoz

 

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